¡Por fin! Después de más de un mes y medio de luchar con hierros, soldaduras, argón y otras yerbas,el lunes cociné con mi equipito de 300 litros nuevo, 100% casero.
El cambio es bueno: pasar de tener impregnado el olor metálico a hierro, a disfrutar del aroma dulce de la malta y el olor penetrante del lúpulo.
Y es mejor todavía, porque desde hace más de un mes, también, que me quedé sin cervezas de mi propia cosecha. Casa de herrero, cuchillo de palo. Pero eso se va a solucionar pronto, porque en unas semanitas voy a tener más de 200 litros de birra -más que lo que nunca tuve- y por fin voy a poder apagar esta sed de cerveza.

